| La Galantería |
También el español aspirante a libertino ha de ser galante. Covarrubias destaca la importancia del buen vestir en un hombre galante, en un “galán”. Voz “Galán”: “El que anda vestido de gala y se precia de gentil hombre, y porque los enamorados de ordinario andan muy apuestos para aficionar a sus damas (…). Galantería, lo mismo que gentileza y hecho liberal y cortesano”. No por casualidad subraya Covarrubias la importancia del vestir. El español que gusta de exageraciones, adopta las modas francesas con más ahínco que su propio vecino. Peluca, moscas postizas, que son esos lunares que se ponían en la cara y en el escote y que recibían un nombre según el lugar de su colocación (ni qué decir tiene que la preferida por los libertinos era la “mosca asesina”, la que se colocaba al lado del rabillo del ojo y que procuraba al portador, según parece, una “mirada asesina”), levita inglesa o condom, cuya moda nos venía de Francia (sí, una de las teorías del origen del condón o preservativo es ésa: su nombre también es “levita”, porque ambos servían para “cubrir”; en Francia se le llama aún “capote inglés”), lazos, sedas, chorreras, tacones y hebillas en el calzado, polvos de harina para blanquear cara y peluca, carmín en los labios (las uñas no se maquillaban, claro que siempre se llevaba guantes. Sólo se conoce el caso del Príncipe de Ligne, que se pintó en las uñas retratos miniatura de sus amigas…)… Afeminados decían de ellos los austeros castellanos. Sí es cierto que la moda es más bien “unisex” y las maneras ligeras y refinadas pueden parecer, en este país, propias de mujeres. La “Galantería” es, pues, una actitud que se adopta para conquistar a alguien, con vistas a tener una aventura amorosa. El diccionario es explícito: la galantería es cosa de hombres. Sólo él es galante. La mujer conquista a escondidas; y entonces no se trata de galantería, sino de… Pero ya tendremos tiempo de hablar de las “mujeres galantes”. Ese gusto por la “buena fortuna” es un punto de partida, el del libertino perteneciente a la élite cortesana o próxima a ella. También el de llegada, porque el destino ha de estar de su parte en la conquista. La galantería es, por tanto, cuestión de elegancia en las maneras y en el lenguaje; sólo esa elegancia, ese decoro, puede concluir con bien la empresa que se ha fijado el galant homme; sólo la distinción en el actuar y en el hablar, éste último tan importante en un siglo donde hasta los sabios, filósofos y científicos, tienen que triunfar en los Salones. La Retórica era una de las materias fundamentales que, en instituciones o a cargo de los preceptores a domicilio, eran impartidas a los niños y adolescentes. El estudio del arte de hablar y escribir continuaba si se hacía una carrera universitaria en La Sorbona. Así que el arte de la persuasión por la palabra no conocía secretos para esos jóvenes galantes, o galanes. Aprender a hablar en los Salones, delante de todo un “público”, en las cenas mundanas, en la intimidad del encuentro, saber escribir cartas y esquelas. El ingenio es fundamental a la hora de escribir una esquela amorosa. Una palabra de más y la joven decidirá no veros durante un mes, se irá a descansar al campo, o a tomar las aguas para no tener que recibiros, y os quedáis sin dama que “aficionar”. El argumento de la amistad, del amor-amistad es uno de los tópicos del discurso persuasor libertino. Saben muy bien que del amor-amistad al amor-pasión no hay más que un paso, como en los cuadros de Fragonard. Pero ellas todavía no lo saben. Sobre todo que les han hecho creer que han nacido para la ternura y no para el libertinaje, como si de cosas opuestas se tratara. ¿En qué creencias las educan? No hay más que leer a Grimod de la Reynière para verlo:
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