| Un Libertinaje Hedonista y Razonable |
Pero también conlleva cierta “relajación de costumbres”. Esta idea puede venir del “liberto” latino, de ese esclavo que ha alcanzado la condición de libertad, como nos recordaba Covarrubias, pero que guarda sus costumbres “infames” propias de un esclavo, aunque también de esa secta holandesa de talante epicureísta. Probablemente de ambas cosas. Más tarde, en la Francia del siglo XVII, aparece un círculo de libertinos eruditos, que se autodenominan así, y que se caracterizan por su escepticismo, por la búsqueda de una moral laica y por su materialismo incipiente. De Théophile de Viau a Fontenelle, pasando por Saint-Evremond y por Cyrano de Bergerac (era un libertino del XVII, autor de una divertida e iconoclasta novelita, anunciadora de Julio Verne, Historia cómica de los Estados e Imperios de la Luna y el Sol), un grupito de libertinos del Gran Siglo se atrevieron a desafiar a un poder que preconizaba la práctica del estoicismo cristiano. Algunos de ellos, discípulos de Epicuro (no sólo los libertinos del s. XVII se proclaman descendientes de Epicuro, también lo harán los del s. XVIII, más con sus actos que con proclamas) y de Gassendi, blasfemadores ocasionales, “desenfrenados en las palabras”, aficionados a la buena mesa, se consagrarían al estudio del origen de las religiones (Bataille haría lo mismo para llegar a su concepto personal de erotismo).Numerosos fueron los que rechazaron no sólo el cristianismo como impostura política sino la creencia en la existencia del alma, en contra de Descartes y del lado de Epicuro. Negaron el Dios de la Biblia, despreciaron la práctica religiosa tradicional, cristalizando su fe en torno a un Poder supremo responsable del orden de la naturaleza. François Garasse, jesuita contemporáneo de estos libertinos, los definía así: “Llamo libertinos a nuestros borrachos moscardones de taberna, espíritus insensibles a la piedad, que no tienen otro dios que su vientre”. Proponían una filosofía del placer que, ni qué decir tiene, alarmó a sus contemporáneos, que los persiguieron por herejes y subversivos (Théophile de Viau fue quemado en efigie junto con todas sus obras el 19 de agosto de 1623). Fue esta filosofía del placer la que atrajo a esos cortesanos de la Regencia, ya en el siglo de los Filósofos. En pleno auge de la Razón, el Regente y sus “amigos” encuentran en la filosofía de estos hombres del siglo anterior el fundamento ideológico de un modo de existencia que la muerte de Luis XIV había favorecido. Esta búsqueda del placer corresponde a un pensamiento de reacción al neoplatonismo hostil al cuerpo humano. Así, si los libertinos del siglo XVIII no abordan cuestiones de religión, y se consagran por entero a la galantería de buen tono, es porque el pensamiento del siglo XVII ya había sido asimilado y aceptado. Felipe de Orleáns, el Regente, se rodeaba en su Palacio Real de espíritus libres, entre los que se encontraban ateos como Fontenelle, La Motte, los abates de Saint Pierre y Du Bos. Nuestro libertino desprecia esas disquisiciones especulativas tan propias de algunos salones de la época porque las considera resueltas. Por supuesto, un cuerpo carente de alma, porque el alma es cuerpo, preconiza una filosofía, una razón, basada en el culto a los sentidos. De la obligada militancia política de sus antecesores, los libertinos del siglo XVIII, en armonía con el siglo que les ha tocado vivir, se dedican a construir un modo de vida ya posible. Los principios de este modo de vida, todo lo “razonables” (razón y libertinaje no son en absoluto opuestos en el siglo XVIII. Prueba de ello es el Babillard ou le Nouvelliste Philosophe de 1725, donde Sagiste, modelo de libertinos, gusta de tomar tabaco como de leer y razonar) que pueden ser unos principios basados en una filosofía de carácter epicúreo y hedonista, serán para ellos las reglas de su conducta indolente y voluptuosa, los pasos a seguir en su comportamiento público y privado. Sobre todo, porque ya no estará tan perseguido como los libertinos del siglo precedente. Todavía hay censura en Francia. Habrá momentos de dureza política en el siglo, bajo Luis XV en particular, pero habrá que esperar a Sade para que los libertinos se vean condenados como tales a la Bastilla. Y Sade era un caso especial. Toussaint, en su tratado sobre Las Costumbres, de mediados de siglo, reivindica los apetitos corporales como algo legítimo de lo que no podemos avergonzarnos: “Entiendo por apetitos corporales los deseos que excitan en nosotros las necesidades del cuerpo, tales como las ganas de comer, de beber o de descansar (…). Esos deseos son inocentes (…). Lejos de combatirlos, es justo satisfacerlos. La virtud reside en abstenerse de lo que nos prohíbe la justa razón; pero no veo la razón de abstenerse de una cosa lícita” Claro que los excesos no son buenos, pero, añade Toussaint, para evitarlos ha de actuar el remordimiento. La conciencia individual sustituye a la represión. Y ya veremos que la conciencia individual del libertino es una conciencia de lo más abierta.
Lydia Vázquez, Elogio de la seducción y el libertinaje, R&B |