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Escritos Selectos de El Dandy
Catorce Años
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henriqueHoy cumples catorce años. Hoy no puedo estar contigo. No podemos celebrarlo juntos, como venimos haciéndolo durante los cinco últimos años. Porque hoy estás viajando, al encuentro de tu futuro.

Nuestras vidas se juntaron cuando eras muy niño. Un pequeño de ojos vivos, pelo rizado y gordos mofletes, que me miraba entre receloso y anhelante, buscando en mí la respuesta a sus vacíos, a sus inseguridades. Mostrándose como un hombre responsable y duro, guardián de su madre, de su tesoro. Un hombre como hay que ser, como los que a mí me gustan.

Hace casi cinco años unimos nuestras vidas. Fuiste, eres, para mí la oportunidad de ser aquello que la vida me había negado. Puse, pongo, en ti todas mis esperanzas y mis creencias en que la cultura, el honor, la verdad, la valentía, la elegancia y la caballerosidad son las mejores llaves y armas con las que se pueda abrir puertas y combatir en esta vida.

Nunca me has defraudado. Nunca he visto en ti un pequeño asomo de duda ante las tentaciones y los cantos de sirena del lado oscuro. Siempre te has mantenido increíblemente firme y seguro de tus convicciones, de tus fidelidades y de tus aficiones. Eres el presagio de un hombre, con mayúsculas. Los cimientos de ese edificio que sabrá seguir combatiendo contra el reverso de la fuerza. Y te amo por ello.

Te amo por lo que eres. Te amo por cómo amas. Te amo por preguntarme todos los días qué tal me ha ido. Por cuidar de lo que más amo en este mundo. Por no dejarte seducir por la falsedad del brillo salchichero del dinero nuevo. Por defender tus ideas y convicciones aún a riesgo de perderlo todo, o sabiendo que todo lo perderás.

Te amo por la luz que emites. Por las carcajadas sinceras con que decoras los silencios del hogar. Porque eres, quizás, el más hombre de todos los hombres con los que me he encontrado. Porque te enfrentas a la oscuridad y siempre sales victorioso. Por defender tus ideales.

Porque, aunque cada vez que intentas llamarme papá me hago el duro y te recuerdo que no lo soy, mi corazón se abre y se derrama sobre las razones lógicas y biológicas que esgrimo, convirtiéndolas en pura pose. En “conversa fiada”.

Te amo tanto que hoy, que no estás conmigo, tengo un vacío extraño en el alma.
Feliz cumpleaños, Henrique. Felicidades, Amor.

 
Un Motivo para Vivir
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eu-queria-ser-amor-geisaHoy, ahora, y a partir de ahora para siempre, 4 de diciembre de 2009, está naciendo Valeria. El fruto del amor. La carne de la carne de mi carne. La prueba de que la integridad, la voluntad, la creencia en las creencias, el amor y la ilusión están por encima de los miedos, de la incultura, de los prejuicios…

Está naciendo Valeria. Hija de Antonio y de Amalia. De Amalia y de Antonio. De mis hermanos. Está naciendo una razón para creer en que todo merece la pena.

Hoy tengo que agrandar mi corazón. Tengo que darle espacio a ese pedacito de amor que surge, como de la nada, para darle mi amor. Y será un amor especial. Es la hija de mi hermano. La hija que yo no tendré. Y en ella, desde hoy, anidan todas mis esperanzas.

La estoy esperando con toda mi música. Llevo haciendo una recopilación de la música de mi vida desde que supe que había decidido aterrizar en este planeta. Beethoven, Mozart, Bach, barroco italiano, romanticismo… Y los Rolling, Beatles, Springsteen, Clash, Nirvana, Red Hot…

Aterriza en un entorno de cultura, arte, buen gusto, pensamiento analítico, amor por la naturaleza y sus montañas. Uno de los mejores entornos que jamás pudiera soñar para un fruto del amor.

Bienvenida seas, Valeria. Bienvenida seas, Amor.

De tu tío, que te ama aún antes de mirarte a los ojos.
El Dandy

 
Los "No-Lugares"
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Hace unas pocas semanas he vuelto de un “no-lugar”. Una burbuja lúdica, idéntica en sí misma a cualquier otra en cualquier otra parte del mundo. Urdida para que el turista pueda refugiarse ignorando la realidad, cruenta, del entorno en el que está emplazada…

Tengo que dejar de leer a Baudrillard. Me influye demasiado.

Es cierto que me habría bastado con atravesar los límites del decorado de ese “no-lugar” para enfrentarme a la realidad que me era escamoteada detrás de sus paredes, pero, en esta ocasión, no he querido. Elegí un “no-lugar” para dejar mi mente descansar. Para darle un reposo a mi cuerpo. Para aparcar problemas y dilemas, aunque fuera sólo por cinco días.

 
El Ejercicio de la Vida
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Los minutos pasan inexorablemente. Llevo vividos veintitrés millones y algunos cientos de miles de ellos. El tiempo, enemigo y aliado, golpea rítmicamente, obstinadamente, arrugando el alma y la ilusión. Secarse, hasta convertirse en un embutido de dudosa calidad según pese la mochila de pecados, crímenes y otras lujurias sufridas, o disfrutadas, que todos llevamos a la espalda. Comprobar que las lecciones no se aprenden si no se viven. Que los ejemplos no sirven si no se personifican. Que es necesario sangrar la propia sangre para adquirir experiencia. Y que el sangrado no cesa. No coagula nunca. Que la sangre que derramas y que empapa la tierra del suelo es tu vida.

 
Qué Feliz el Campesino si Supiera que lo Es
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A estas alturas de la vida uno ya aspira a cosas simples como ser decente, estar delgado, poder disfrutar cada noche del cuerpo y del espíritu de tu mujer, elegir cuidadosamente los alimentos que quieres y no dejarte sorprender por el cambio de las estaciones. Tener tus libros a mano, poder pasear la vista por sus lomos, sentir su llamada y, al abrirlos al azar, dejándote envolver por el aire que atraparon entre sus hojas en aquél instante pasado en que los abriste por última vez, reconocer su alma como la de aquel amigo al que perdiste el rastro, como la de tu perro, que ya no está contigo pero que seguro sigue persiguiendo mirlos o gaviotas en otros jardines o en otras playas.

Poder escuchar tus viejos discos cuando quieras, alternando sin orden jazz, ópera o boleros, organizándolos una y otra vez con un estudiado orden que sólo tú conoces. Dejar vagar la vista cansada por tus cuadros, serigrafías, litografías, acuarelas, óleos o collages que tan afanosa y costosamente reuniste en lo que ahora, un poco pretenciosamente, llamas tu colección de arte.

 
El Domingo de un Dandy en el Mediterráneo
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Amo las tardes de esos domingos en el Mediterráneo, en los días de verano que amanecen nublados y calientes, espesos como puré de garbanzos, pegajosos como la resina de los pinos.

Tardes de mañanas en las que el cerebro se licúa, percutido por el calor y el grosor del aire, en las que molesta la humedad de las sábanas que han abrazado tu cuerpo durante la noche, en las que las horas se hacen tan blandas que parecen no pasar nunca...

Esas tardes te preparan para alcanzar la sabiduría de los más famosos filósofos de la antigüedad. Los actos más nimios, más cotidianos, adquieren su significado más puro y más profundo: las abluciones matinales, realizadas con el más exquisito deleite, como ofrenda a tu cuerpo, dios último de todos tus actos; el aroma de café que inunda toda la estancia, mezclándose con los recuerdos de tahona de la tostada que estás preparándote; el milagro de la luz que atraviesa el chorro de aceite virgen de oliva que derramas sobre el pan; el humo del cigarrillo que aspiras después del desayuno; el lento discurrir de tu mirada sobre los titulares del periódico; el tacto de esa camisa blanca de hilo sobre la piel, curtida de sol y sal.

 
Ojos de Topacio
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Existe un lugar en algún lugar donde se remansan todas las tormentas. Un sitio donde los cansancios desaparecen. Un espacio en el que yo soy tan yo como jamás lo he sido ni lo seré. En el que, tumbado en la blanca y caliente arena, puedo fundirme en eterna contemplación.

Cuando lo miro, a la hora del atardecer, es como si mirara fijamente unos ojos de misterioso color topacio. Y su mirada me llena de un sentimiento inexplicable que grita a mi espíritu que se abandone, que rompa sus ataduras y se expanda. A esa hora, a la mágica hora en que las sombras son más altas que los cuerpos, gusto de contemplar esa ensenada, esos ojos de topacio... Mirar sin pestañear hasta que el cerebro, percutido por un sol único y por su reflejo en las transparentes aguas, crea en mí la quimera de una dama que se pasea envuelta en un halo de mágica luz blanca y que me hace gestos para seguirla. Sé que quiere mostrarme un camino que termina en la libertad. Y si escucho con la máxima atención, una melodía como no existe otra llega a mis oídos. Un sonido que me transporta a la época en la que el "todos para uno y uno para todos" era una manera de vivir.

 
El Spleen del Dandy: Adagio de Otoño
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Sucede en esta época del año que gusto de observar el mundo a mi derredor con detenimiento, con exquisita lentitud y delectación. El vértigo del que soy presa durante el estío, la desazón que me anega durante la primavera y la meditativa introspección en la que me sumo durante el invierno desaparecen con el cambio de color de las hojas, con el sabor dulce de las primeras uvas en mi boca.

En otoño una música apacible hace presa en mí desde que asomo al mundo por la mañana. Un compás pausado, sosegado, en el que violines, fagots, flautas, tubas, violoncelos y piano ponen armonía a la caída de las hojas, a la bruma que juega entre los montes y colinas frente a mi casa, dejando aparecer, cuando se retira, la más variopinta gama de rojos, verdes, amarillos y naranjas en una paleta cromática tal, que no ha habido ni habrá nunca paisajista que sepa recogerla y hacerla suya.


 
Mapa de Sabores
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Tengo en mi memoria un mapa de sabores, un arcón a los pies de mis recuerdos donde guardo, junto a libros leídos, olores familiares y latigazos de luz envueltos en sábanas blancas de hilo. Sabores de mi infancia que son como mojones en la polvorienta carretera de mi vida.

Recuerdo el sabor de las sopas de pan en un tazón de loza blanca que nadaban en una leche con cola-cao. Un desayuno que tomé, siendo muy niño, en las mañanas valencianas que disfruté con unas tías de mi padre. Ese sabor que no he vuelto a disfrutar desde tan remotos tiempos, no sé si por el pan dulce o por la leche de aquellos tiempos, tan poco higienizada, o por la virginidad de mi boca, tan nueva ante el ignoto mundo de los futuros sabores que me aguardaban.

 
El Arte del Dolce Far Niente (y Nadie lo Practica Mejor que un Dandy)
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Dandy irredento y militante, suelo sentarme en un café, al igual que hacían Sartre y Simone de Beauvoir. Es una de mis principales actividades. Es lo que hago en vez de trabajar o practicar footing. Tengo un talento natural para ello, del mismo modo que los yanquis son buenos yendo a la piscina, haciendo barbacoas o conduciendo por sus interminables y aburridas autopistas. Como connoisseur, puedo afirmar que la actitud fundamental en un café es la de bajar los biorritmos hasta alcanzar una apariencia cercana a la parálisis, habiendo reducido cualquier tipo de actividad útil. Es como morir un poco, pero con el mejor café ante tí.

 


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