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No tenía ganas de llegar, pero sentía que sus pasos lo llevaban ligero hasta la casa blanca de ventanas azules mientras caminaba por aquella calle de piedras, elegante y agradable, custodiada por grandes árboles en ambos lados. Volvía a su jardín, escenario y protagonista de la felicidad que había sentido en esta casa donde le acogieron de forma tan amable.
Ejercía su trabajo con gusto y con amor. El mismo que profesaba hacia aquella familia, aderezados con sentimientos de respeto y cariño. Diez años ya viviendo junto a esa pareja tan bien educada. Tiempo en el que pudo ser testigo de la desbordante felicidad que sintieron con el nacimiento de sus dos hijos. Formaban una familia muy bonita. Y a él, que era un hombre sencillo que apenas sabía leer y escribir, le habían tratado con afecto y muchísimo respeto. Pudo ver como, un día tras otro, los niños crecían. Corrían por el jardín, libres, saludables, alegres. Para él eran como dos rosas más en su pequeño universo.
Y ahora esto. ¿Puede la vida cambiar completamente en el plazo de una semana? Una semana fue lo que había tardado en irse a otra ciudad a visitar a su madre enferma. Ahora, después de siete días, su vuelta a aquella casa tenía un sabor amargo. Llegó hasta el barrio y no pudo dejar de percibir que la temperatura era agradable, el sol brillaba y el viento soplaba con una brisa que, en otras circunstancias, hubiera tenido el poder de hacer que uno se sintiera feliz. Sus pies tocaban el suelo, pisoteando la hojas caídas de los arboles, envueltos en sus zapatillas, gastadas tras haber acompañado a su dueño en tantas historias, tantos momentos.
La casa blanca se le acercaba como si fuera ella la que caminaba hacia él. Su corazón latía cada vez más deprisa, producto de la ansiedad que le salía por todos los poros de su cuerpo. No sabía, en realidad, por qué volvía. Estaba vacía. Vacía de personas. Llena de recuerdos. No encontraba una razón lógica, pero sentía que tenía que volver a pisar aquella tierra suya, tan conocida, de aquél jardín.
Quería caminar más rápido, pero sentía que sus pies no le obedecían. Y el sudor ya se hacía notar en su cara. Al fondo de la calle podía ver a algunos niños jugando, viviendo plenamente los momentos únicos de una vida despreocupada. Por más que lo intentara, no lograba comprender lo sucedido. Era un hombre creyente, pero por primera vez en su vida cuestionaba a Dios y sus razones.
¿Cómo podrían haber sufrido algo tan trágico aquellos otros niños, aquellos por quienes sentía una inmensa ternura? Los mismos que jugaban corriendo alrededor de su jardín con sus risas inocentes. ¿Y la Señora? Todavía una joven. No, no se consideraba capaz de entender las razones de Dios. Descubrió que había furia en su corazón. Su respiración se descompasó, se volvió difícil y dolorosa. La razón era la impotencia y la rabia que estaba sintiendo. Los ladridos de un perro le hicieron volver a la realidad.
El sol calentaba el suelo que pisaba, aunque este calor no le llegaba al corazón. Inmerso en sus pensamientos, se sorprende a sí mismo al comprobar que la vieja vecina sigue sentada en su silla de ruedas, en el porche de la casa, tejiendo, como siempre, infinitos ovillos de lana, dando forma a piezas de ropa que nunca regalará a nadie, pues está sola en el mundo. Puede haber sido impresión suya, pero le pareció notar un rasgo de tristeza en la mirada cabizbaja de la anciana, que en estos momentos sostenía una nueva creación entre sus inmóviles, completamente inmóviles y arrugadas manos.
El ruido de la máquina de cortar se oía, límpido, constante, monótono, aunque el césped parecía milimétricamente cortado, perfecto. El mismo hombre de mediana edad vestido con los mismos pantalones de color verde y el mismo gran sombrero de paja sobre la cabeza sin pelos. La misma cara redonda como las gafas que llevaba puestas le había, una vez más, llamado la atención. Era el mismo sonido, la misma escena de todos los días, salvo que el jardinero aficionado parecía hoy tener la cabeza caída hacia un lado, totalmente diferente a la actitud firme y concentrada que acostumbraba exhibir cuando realizaba sus tareas en su jardín.
Le parecía como si, aunque todo hubiera quedado congelado desde el momento en que había seguido el camino inverso por esta misma calle, un niño travieso hubiera hecho algunos cambios en el escenario aprovechando que nadie le veía. Cerró los ojos, mientras seguía caminando por la calle, pues el sol ahora le estaba dando directamente en la cara, obligándole a bajar la cabeza. Y en este gesto resumió todas las sensaciones que se agolpaban en su corazón. Sintió que en su cerviz cargaba todo el peso de la tragedia que se había abatido sobre la casa blanca de ventanas azules.
Y temblando llegó hasta la casa blanca. Era una casa hermosa, muy cuidada. Pero a pesar del sol reflejado en ella, le pareció que desprendía de sus paredes un frío desolador. Sintió un escalofrío espeluznante al mirarla. El portal de hierro hizo el mismo ruido de siempre al abrirse. Entró. No podía moverse. El silencio era aterrador. Triste. Pesado. El viento, enredándose en los árboles, le hizo mirar hacia arriba. Haciendo un gesto mecánico cerró otra vez el portal, rompiendo el chirrido de la puerta el silencio extraño de la calle.
Sus emociones le enredaban las piernas. Se sentía atado al suelo. Mirando en frente con ojos de hipnotizado, inspiró profundamente intentando recuperar su estado de normalidad. Sus pasos eran forzadamente leves, cuidadosos, como intentando no demostrar demasiada vitalidad o alegría, como cuando uno camina por una catedral. La hierba no estaba seca, pero a pesar de la humedad de la noche anterior, las rosas… sus rosas… no levantaban cabeza, derrumbadas tal vez por el peso de la tragedia. Se las veía casi sin vida. Ni siquiera el brillo del sol estaba logrando curarlas. Se desvanecían, ya habían perdido su brillo.
No sabría decir cuántas horas estuvo en el jardín. Solo que el sol había cedido su lugar a la luna. Sintió que tenía que irse. Entonces dirigió una vez más su mirada hacía la puerta principal de la casa, con la esperanza de verla abriéndose para dejar pasar a los dos niños llenándolo todo de alegría. Tristemente comprobó que solo tenía enfrente una puerta cerrada.
Gruesas lágrimas resbalaron por su cara. Ahora ya no podía, ni quería, contenerse. Lloraba como un niño pequeño, sollozando sin vergüenza, sin reproches. Ni siquiera pudo darse cuenta de cuánto tiempo estuvo ahí en el jardín, llorando, dando rienda suelta a su dolor. La brisa de antes ahora se transformaba gradualmente en un viento más frio. Y fue el que le despertó, le trajo de vuelta. Secándose las lágrimas con las mangas de la camisa, caminó hasta el portal de hierro que le llevaría de vuelta a la calle. Y en aquel momento, entonces, aquellas palabras volvieron a su mente.
- Como te lo digo. La familia se había ido de vacaciones a la playa. Una ola traidora se tragó a la señora y a los niños. Los esfuerzos para ayudarles fueron inútiles. Solo pudieron, al fin de algunas horas, recuperar los cuerpos sin vida de los tres. El Señor todavía no ha podido pronunciar palabra y se encuentra bajo cuidado de los médicos en un sanatorio. Yo estaba ahí. Me pilló visitando a mi tía y lo presencié todo. Toda una tragedia, una tragedia, murmuró Leoncio, su amigo. Así de crudo. Así de claro le contaron lo ocurrido. Y ahora, por primera vez desde que se había enterado, estas palabras volvían con violencia, haciéndole daño dentro de su cabeza. Le provocaban un dolor inenarrable, le cortaban el corazón. Desde el entierro no había conseguido recordar. Inconscientemente había borrado aquellas palabras.
Sentía ganas de gritar para aliviar el dolor, que era insoportable. Pero su voz no salía, aplastada por la tristeza. Por fin, mientras cerraba detrás de si el portal de hierro que no volvería a abrir, su voz se hizo oír. La oyó él mismo, como si saliera de otra boca, de otro cuerpo:
- ¡Qué pena! ¡Tanto amor, tanta felicidad, tanta juventud y esta injusticia! Habló para si mismo, con un hilo de voz, como intentando expurgar el gran dolor que sentía, Luis, el jardinero.
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