Despertar sin mirar hacia el reloj, ducharse con pereza, dejando el agua caer sobre el cuerpo sin prisa, un desayuno digno de los reyes, el mejor café del mundo, el pan recién hecho, caliente, con aceite y sal, tomate, y el imprescindible jamón de jabugo, un verdadero manjar.
Y así vamos haciendo las cosas, todo con gusto, con lentitud, con placer.
Estar en casa se ha transformado para nosotros en un objetivo, una espera ansiada durante toda la semana. Un placer solo digno de ser quebrantado por una salida al teatro, una ópera, una exposición, el lanzamiento de un libro, una cena a dos, o a cuatro, un viaje deseado…
Las películas de nuestra elección entran y salen del DVD y las horas pasan lentas, agradables, cómplices.
El agua de la lluvia cae mojando la hierba y deja un olor inconfundible de tierra húmeda que nos remite a nuestra infancia, cuando era un placer jugar fuera a pesar de las protestas de nuestras madres. Para completar la escena, la poca luz que entra a través de las ventanas, filtrada por las cortinas, da a nuestra casa un aspecto acogedor.
Y además, la música llena nuestros oídos. Solamente me viene una palabra a la mente: paz. La paz interior que tanto se busca y que, cuando se encuentra, le descubre a uno el significado de la palabra felicidad.
Compartimos todo, el gusto por la buena música, por la lectura del periódico, el amor por los libros que llenan nuestras estanterías, las interminables horas de música de nuestra discoteca privada, el silencio de nuestras tertulias mentales o el agradable ruido de nuestras tertulias orales.
Todo tiene un encanto envidiable.
Amamos y somos dos privilegiados.
Que las cosas no cambien jamás.
Mi corazón lo pide creando frases con sus latidos.
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