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 Otra característica del Dandy –hemos dicho- es la insatisfacción, unida a la esterilidad. El Dandy funda su escuela de valores en lo que los demás juzgan inútil. Su camino es el mal, la negación. El Dandy no es un hombre con ideales; sus ideales están en sí mismo. Está, por tanto (porque su rebeldía y su vía del mal son insatisfacción), consagrando lo estéril. Cuanto hace el Dandy se acaba y se esfuma, a veces, en breve cuestión de instantes rapidísimos. De él (de sus actos) sólo queda el brillo, el destello de su luz. El Dandy es como la caída de un cometa que pasa. Su luz es hermosa, pero distante y fría. Su luz desaparece. Por todo esto, se ha podido decir que el dandismo eleva a los altares el triunfo de la nada. El Dandy más puro es aquel que menos hace. El que sólo es Dandy, y no poeta, como Byron, o como Baudelaire, o como Sheridan. El Dandy es insatisfecho y estéril, aunque tal esterilidad sea (en su rebeldía, en su pose) profundamente significativa y esté, además, adornada por un rutilar, tanto más bello cuanto que está destinado, no al fracaso, pero sí a la desaparición. El Dandy cultiva la tristeza. Nada afecta al Dandy, nada le alcanza, y en esa nada triunfa su fatuidad gentil, su esteticismo siempre personal, su miedo oculto, su brillo y su elegancia. Pero, si el Dandy –y ya hemos configurado las pinceladas de su personalidad- es esteta, impasible, maldito y nada le afecta o parece afectarle, ¿cuál es, entonces, el Eros del Dandy?
El Dandy no es (como a veces se ha podido pensar) el heredero de Don Juan. El Dandy no es, en absoluto, un seductor. Al menos no en el sentido erótico. Le interesa seducir, pero no seducir en el amor. Barbey cuenta el caso de Lauzun, un Dandy del XVII. Sedujo a la Grande Mademoiselle, prima hermana del Rey, pero, en su aritmética, escrupulosa y maravillosa manera de obrar, no contaba el amor. Sólo contaba el prestigio de sí mismo, su propio lujo, y la seducción era solamente eso, es decir, gratuita.
El Dandy quisiera estar ajeno al amor, porque se ama a sí mismo. Pero, como tal huida es prácticamente imposible, el Dandy singulariza su pasión como hace con cuanto le afecta. Y busca la seducción gratuita en la que el Dandy se seduce a sí mismo, aun sintiendo el amor por otra persona. Busca el riesgo, lo extraño, el escándalo (todo entra en su rebeldía). A veces sufre, porque no puede amar, y oculta su sufrimiento en el lujo. Otras, simplemente se deja amar, es apasionado, sabiendo que tal o cual amor le glorifica. El Eros del Dandy es narcisista, exhibicionista, o (en muchas maneras) escandaloso. Sólo eso puede entrar en su estilo. Sólo eso le aparta, le diferencia, dejando indemne su esteticismo, su impasibilidad, su encumbramiento del yo y hasta su brillo estéril.
Dentro de ese Eros vertido al escándalo, pensamos en el incesto de Byron, en los desplantes del conde d’Orsay, que ocultaban su impotencia, o en el homosexualismo de un Wilde o de un Montesquieu. Pero el homoerotismo no es en el Dandy un mero escándalo, o un solo aspecto de su rebeldía (de la misma forma que abandonar a una dama tras seducirla o paladear el incesto), sino algo más. Porque el Dandy, decíamos, se goza en la ambigüedad, y su estilo toma las artes de lo que nuestra sociedad denomina “lo femenino”. Además el Dandy honra en el “amor griego” a uno de los Satanes, a un aspecto del Mal –en el cual él vive- y que la sociedad condena. Es otra forma más de su rebeldía. El Dandy es andrógino, de ahí que su seducción alcance por igual a cualquier sexo. El Dandy toma el papel a la mujer y a la vez, dentro del Mal, provoca. Y su provocación, como sus maneras, su fulgor y su estética le singularizan, le apartan de los demás. Por eso fue (o terminó siendo) provocativo el amor de Wilde y Lord Alfred Douglas y de tantos como podrían nombrarse hasta llegar, por ejemplo, a Cocteau.
El Dandy es andrógino. Su seducción no tiene barreras de sexo. Su brillo es el brillo ambiguo de los danzarines de una secta del Uttar Pradesh, en la India, que recorren calles y plazas vestidos de mujer y ejercen la prostitución masculina. Nadie prescinde de ellos en las fiestas sociales (nupcias, nacimientos), ni en los bailes. Su función, como la de los areoi, es una función sagrada.
Sin embargo –y siendo todo esto muy importante-, hemos de decir que no es el homosexualismo el Eros del Dandy por excelencia. Dice Sartre, en un momento de su abundoso y discursivo libro sobre Baudelaire: “Lo que recubre el mito del dandismo, no es la homosexualidad, sino el exhibicionismo”. El Dandy se deleita en la actitud. En la seducción. En la diferencia. Porque, como mito y personaje, es una manera de actuar (distinción, elegancia, fantasía, impasibilidad, culto al ego) y un deseo –en rebeldía- de sorprender sin ser sorprendido. De dejarse admirar por todos, sin jamás admirarse de nada.
Luís Antonio de Villena, “Corsarios de Guante Amarillo”, Ed. Valdemar
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