el dandy

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Baudelaire y el Dandismo según Sartre
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El Dandy no puede querer cambiar nada porque no cree en nada, y por tanto no tiene ninguna ambición. Ideológicamente el Dandismo es una filosofía basada en el artificio y la inutilidad.

En cuanto a su caracterización superficial el dandismo es, por encima de todo, un culto del yo. Se trata de un desdoblamiento gracias al cual el Dandy se transforma a sí mismo en un objeto, esto significa que el Dandy realiza un constante trabajo sobre su yo, una manipulación caprichosa y fabuladora, tanto en el plano físico como en el plano espiritual. Pero es un trabajo sin frutos, un trabajo que no conduce a ninguna parte, mejor dicho, que le devuelve siempre al mismo punto de partida, la pura y simple afirmación del yo: el Dandismo es una especie de culto de sí mismo, que puede sobrevivir a la búsqueda de la felicidad que se descubre en los demás, por ejemplo en la mujer, y que hasta puede sobrevivir a todo lo que se suele denominar como ilusiones. En este sentido, en lo que tiene de eterno retorno, el Dandismo es un ceremonial en el que el Dandy es su sacerdote y su víctima. El Dandy no hace nada o al menos no hace nada productivo, excepto trabajar sobre sí mismo. Pero, ¿en qué consiste ese trabajo?

En el plano físico consistirá en crearse una originalidad a través de una toilette impecable de refinamientos extremadamente rebuscados o de una simplicidad glacial; pero esta inmoderada afición a la elegancia material en el Dandy no es más que un símbolo de la aristocrática superioridad de su espíritu. En su pasión por la superficie de los objetos, siempre que ésta sea un disfraz que oculte lo que hay debajo, el Dandy se convierte a si mismo en un objeto, en una cosa, se construye, se decora, se ornamenta y se comporta como tal: adopta un porte escultórico, de muñeco mecánico y una actitud distante e indiferente a todo, de resonancias estoicas y senequistas. Pero no debemos confundirnos, ya que para quienes son a la vez sus sacerdotes y sus víctimas, las complicadas condiciones materiales a las que se someten, desde la toilette irreprochable a cualquier hora del día y de la noche hasta los lances más peligrosos del deporte, no son en realidad más que una gimnasia apropiada para fortificar la voluntad y para disciplinar el alma.

El signo particular de la belleza será aquí una especie de indolencia marcial, una mezcla singular de placidez y audacia: es una belleza que se deriva de la necesidad de estar dispuesto para morir en cada instante. El Dandy es, en definitiva, el placer de sorprender y la satisfacción orgullosa de no ser sorprendido jamás, el placer de ser el objeto más cool de la ciudad.

Respecto al trabajo sobre su yo psíquico, no cabe decir más que el Dandy sólo busca la completa y perfecta posesión de sí mismo.

El Dandy es un ser en eterna vigilancia, necesita todas las horas del día y todos los días del año para no hacer nada, para no distraerse en algo que podría sacarle de su propio yo. Es la moral de la no realización, de la insatisfacción permanente ya que el no hacer nada no tiene final posible, es un continuo derroche sin fin. En este punto de vacío absoluto, sin embargo, la lucidez se agudiza hasta el delirio.

El Dandy justifica los exagerados precios que paga por un objeto lujoso porque no valora el objeto, sino el capricho del que lo compra.

La mujer es lo contrario del Dandy. Provoca horror. Tiene hambre y quiere comer. Tiene sed y quiere beber. Está en celo y quiere copular. ¡Vaya mérito!  La mujer es natural, es decir, abominable. Es siempre vulgar, es decir, lo contrario del Dandy. Si la mujer representa la naturalidad, el Dandy representa todo lo contrario.

La moda es un fenómeno muy afín a la ideología del Dandy por motivos que ya conocemos (es algo artificioso e inútil). Podríamos considerar la moda y las drogas como trasuntos, realizaciones más o menos concretas de aquel Ideal, abstracto e inalcanzable, quintaesencia del objeto del deseo del Dandy. ¿No son, moda y drogas, algo artificial e inútil?

El Dandy, que rechaza cualquier actividad y en especial las que implican cierto progreso productivo, se aferra a la moda y las drogas como estados en esencia transitorios y forzosamente reversibles. El hecho de comenzar siempre de nuevo es la idea reguladora del juego (como del trabajo asalariado) y lo es también de la moda, que se caracteriza precisamente por imponer un estilo nuevo que rompe siempre con el anterior, del que no puede ser nunca una evolución sin arriesgarse a convertirse en clásico, cosa que el Dandy aborrece por encima de todo por ir en contra de la imperativa obligación de ser moderno.
El Dandy es, efectivamente, esencialmente urbano; a los originales de un pueblo se los tiene por personajes pintorescos o por chiflados.

El Dandy es un ser al que el cuadro de la vida externa le embarga de respeto y se apodera de su cerebro. La forma le obsesiona y le posee, la predestinación asoma apenas precozmente, y la condenación queda ya de alguna manera consumada. Las formas obsesionan tanto al Dandy porque al ser un efluvio de lo espiritual siempre representan a este fondo espiritual del que derivan (por este motivo todas las modas son encantadoras); es decir, se da la paradoja que la moda contiene lo poético y eterno en lo transitorio, y no duda en afirmar que la moda representa para el Dandy lo que la religión para el artista hierático de la Edad Media: la belleza eterna sólo podrá manifestarse bajo el permiso y las reglas de la moda o el traje visto como la puerta de acceso hacia el yo personal.

Lo natural precede al vulgar mundo de las necesidades, de lo útil, un mundo por completo ajeno al Dandy, cultivador del diletantismo y la pereza, aficionado al lujo y a la moda, a la pompa de la vida, por pertenecer al mundo del placer. El Dandy es el artista más puro, porque no corrompe su arte con una obra, porque víctima de la necesidad, tan frecuente hoy en día, de combatir y destruir la trivialidad, no sale jamás de su yo, lujosa estancia donde sólo reina su aristocrática superioridad moral bajo la grave aspiración, escrita en letras de oro en el frontispicio de su alma, de ser “ininterrumpidamente sublime”. El barón de Charlus, Des Esseintes, Marcel Duchamp, Salvador Dalí, Andy Warhol, …, han sido diferentes formas de buscar la realización de este mismo ideal: el Dandy.



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