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 Una exposición en el Centro Galego de Arte Contemporánea parte de la personalidad y la obra de Beau Brummell, Oscar Wilde y Baudelaire para mostrar los rasgos y la vigencia del Dandismo en el arte contemporáneo.
VICENTE MOLINA FOIX 16/01/2010 en El País
El más famoso Dandy de la historia, George Beau Brummell, murió pobre, sucio y loco en una humilde pensión de Caen, negándose hasta el último instante a ingresar en un asilo, mientras repetía a sus escasos benefactores: "No debo nada. No debo nada". Y en la fase final de locura -según cuenta Edith Sitwell, que lo catalogó entre sus ingleses excéntricos- el antes temido árbitro de la elegancia londinense pasaba las horas desastrado e inmóvil, haciéndose anunciar las amistades que creía ver agolpadas ante su cuartucho: la duquesa de Devonshire, el duque de Beaufort o el Príncipe Regente, después Jorge IV, que le admiró y protegió hasta que su paciencia con el insolente bufón cortesano llegó al hartazgo. Todos esos nobles y royals habían muerto ya, y el aire que entraba del rellano cada vez que el criado abría la puerta helaba aún más a Brummell, que no tenía dinero ni para encender el fuego. Aun así, su voz apenas audible hacía esfuerzos por corresponder a las atenciones de sus imaginarios visitantes, indicándoles que se sentaran en divanes inexistentes y probaran los dulces con los que el goloso dandy soñaba; así hasta las diez de la noche, hora en la que el sirviente hacía saber que los carruajes y los lacayos esperaban a sus señores frente a la mansión...
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 A finales de 1863, y en “Le Figaro”, Baudelaire publica los episodios del artículo “El pintor de la vida moderna”. En él aparecen varios apartados consagrados al dandismo. De Charles Baudelaire (1821-1867) es sobradamente conocida su afición al tema. Piensa –varias veces en su vida- dedicar una amplia obra a la significación y a las maneras del Dandy (obra que, es muy de lamentar, no llegase a redactar jamás). Su propia vida fue además, en casi toda ocasión –muy especialmente, como siempre, en la juventud-, una vida de Dandy. De Dandy cuya rebeldía (constatada en una larga tradición de anécdotas) es indudable. Nadar dirá de el que es un Byron vestido por Brummell, uniendo en la frase (no sé si intencionadamente) dos nombres que representan las dos tendencias principales del dandismo: la agresión del arte, el aliento cálido, y (siempre la persona) la sola distinción del traje y la frialdad lejana. Baudelaire representa, sobre todo, la primera (Byron), aunque alguna vez en su vida pusiese en práctica la segunda. Sale, a veces, con una cinta de terciopelo a la cintura, al modo de los patricios de Venecia que pintó Tiziano. Un día se pasea con una boa de plumas rojas al cuello. Posando sobre las plumas –como muerta, fina, larga y pálida- su mano adornada por un gran anillo episcopal. Otras veces anda con paso rítmico, agitando su delgado bastón de puño de oro.
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 Dentro de la literatura sobre el dandismo (la que analiza y dilucida el fenómeno), los autores clásicos –y hemos indicado ya que sus textos siguen siendo fundamentales- son primordialmente franceses. El dandismo fue antes inglés que francés, pero ha sido en Francia donde más se ha intentado –hasta hoy- el estudio y la comprensión del Dandy. Los clásicos son, sobre todo, Balzac, Barbey d’Aurevilly y Baudelaire. De ellos hablaremos. La confrontación del sustantivo “dandismo” y del apellido “Balzac” suele resultar sorpresiva. Porque Balzac se nos aparece a todos (a través de los retratos y de su linfa en el texto) como un hombre gordo, opulento, desaseado, con abrigos de inmensos y deformados bolsillos en los que se diría llevase restos del esplendor de las cortesanas, de la señorita Grandet, de Goriot y de los cafés, árboles y callejas del París que anduvo, infatigable, día tras día. Al igual que Galdós se anduvo Madrid y Dickens la servidumbre del Londres de Victoria, donde las ruedas de un tilbury arrastraban barro en costanillas y rincones con costra de humanidad y mugre. Balzac se nos aparece como uno de estos grandes viejos de la novela realista (el término crítico no debería ser ajeno a las precisiones), competidores de la vida en un texto (inmenso: no sinécdoque, sino imagen) que se eleva y arde y dice como un mar, en el que se vive la vida u otra vida, o esa posibilidad de sendas vitales que es todo texto. Pero ¿dandismo?Honoré de Balzac (1799-1850) había vuelto a instalarse en París tras un primer intento de asalto al mundo de las letras que le había devuelto –cansado y sin un céntimo- a la casa paterna. Monta una pequeña imprenta donde pretende hacer una edición cuidada de las obras de Molière, que cree –junto al regusto literario- una labor rentable. Y, mientras, comienza a trabaja en su Comedia Humana. (Había empezado a escribir años antes, en 1821, bajo el signo agotador, pero prestigioso, de la entonces tan en boga “novela histórica”). Su soñado negocio de imprenta fracasará, pero lo que ahora nos interesa del detalle biográfico es la geografía. El pequeño taller de imprenta estaba situado en Marais de Saint-Germain, uno de los lugares aristocráticos y fashionables de París que instauraría a Luis Felipe.
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 Desde casi el momento mismo de su aparición como fenómeno histórico –en el inicio del avatar romántico-, el dandismo se manifiesta objeto literario. Podríamos aducir (como explicación) el viejo axioma que quiere que los sucesos todos del arte tengan su origen en los sucesos de la vida. Si el Dandy existe (y es además novedad), el Dandy es objeto de la literatura. La explicación no es errónea, pero debe ser completada. El dandismo es un fenómeno social (fenómeno que afecta a la vida de un individuo en una colectividad), pero fue, desde sus orígenes también, un fenómeno preferentemente literario. Y no sólo porque la literatura lo reflejó en seguida, sino porque nació unido a hechos (y a veces, a personas) literarios. Lord Byron no sólo fue un Dandy socialmente, sino que hizo del dandismo algo entreverado a la literatura. En su Don Juan, por ejemplo, obra que crea un estilo, el mismo Don Félix de Montemar de nuestro Espronceda, o el que refleja (la altivez, el desdén, la apostura) el poema de Baudelaire Don Juan aux Enfers. A partir de obras como las de Byron, o Pelham, la novela de Bulwer-Lytton, dandismo y literatura se confunden e interpenetran. Los gestos, las actitudes, la máquina, en fin, del dandismo pertenecen sin duda a la realidad, pero se trata de una realidad en la que ha entrado, desde los primeros momentos de su existencia, la seducción del arte.En el estreno del Hernani de Victor Hugo, se da la eclosión del drama romántico en Francia y la abolición, bajo el miserere, el verso, la prosa y la emoción incontenida (como en el Don Álvaro del Duque de Rivas), de las severas unidades neoclásicas. Théophile Gautier, joven, asiste a este estreno con un deslumbrante chaleco rojo de fino damasco. La actitud es socialmente Dandy: es una pose, un desafío y una arrogancia. Pero es también signo de una actitud de iconoclasia literaria. El dandismo leído actúa sobre el dandismo que se vive, y el triunfo y la manera del que vive se perciben en las líneas de una novela o en el texto de una disquisición teórica. El dandismo es, pues, un fenómeno que une vida y literatura. Porque no sólo la vida se refleja en el arte, sino que, a veces, el arte se refleja en la vida.
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